martes, 19 de marzo de 2013

IX. Volviendo, volver o volveré I


Después de la despedida con Mariano, esas que no sabés qué hacer. Si chantarle un beso, si abrazarlo, si dejarle tu dirección o qué, busqué rapidito la boletería y, como estábamos sobre la hora, me dijeron que vaya directo, que el chofer me vendía el pasaje “en viaje”.

En el preciso momento en que bajé en la Terminal, mi mundo se dio vuelta.

Como dice “Pilchas Gauchas”, me sentía “extranjero en mi lugar”. O como esa gente que se muda, y que siente que tiene una familia en cada pueblo, en cada punto en que dejó algo suyo.
Y sí, me dirán extremista, pero sé que desde el mismo momento en que pisé Haedo, había dejado un pedacito de mi alma en sus calles.

Me bajé del colectivo que me llevó a mi casa y busqué la llave en mi mochila. Ahí encontré el boleto del tren que me había tomado desde Retiro y me dio un poquititito de nostalgia. Bue, eso no es raro, siempre que viajo me pasa.

Cuando subí la escalera y entré, Lola me recibió agitando su cola y saltando para que la acariciara. Cada vez que me voy me recibe como si a veces esperara que nunca vuelva. Y a veces pienso que ella siente que nunca me habría ido. Bueno, se siente tan bien que alguien te espere así…

En fin, allí también estaba Toi, durmiendo, pero estaba. Y la casa de punta en blanco, como la solía encontrar cuando Tomás se quedaba a cargo.
Si mal no recordaba, el whatsapp que me había mandado Toi para avisarme que se iba a dormir, era a las 8.35am, así que, mirando mi celular me dije “ya durmió mucho, preparo unos mates y lo despierto”.

Dejé mi mochila en el living, puse la pava y me senté a escribirles mi viaje de hace un rato. Y ahora, cuando empiezo a recordar más detalles de los que describí, me siento taaaaan bien. Y feliz de sentir que estoy haciendo lo correcto.

Antes que el agua estuviera para el mate, Tomás se levantó al baño y me vio sentadita acá en la cocina. Así que voy a dedicarle un rato y después les escribo, sí? Pero quédense ahí eh…

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