domingo, 30 de junio de 2013

XXXII. Todo empieza a dar sus frutos fritos.

Un cielo bastante gris me cobija hoy.

Perdonen la demora en aparecer por aquí, pero estas semanas -¿un mes hace ya?- han sido una locura de horarios. Entre que empecé a trabajar fija en la cocina del salón, que tiene un restaurante incipiente, y los deberes de amiga, digamos que estoy un poco hasta las tapas.

No quería dejar de contarles mi primer semana como una cocinera hecha y derecha aquí en mis nuevos pagos de Haedo.


Mi jefa se llama Mariana. Cumplo horarios como loca. Aprendí a hacer risotto (shh, no sabía). Aprendí a despertarme sola. Y a manejarme por el barrio.

Haedo me estaba despertando y haciendo ser una persona que no conocía. Que ni en mi mejor época de Santa Fe había logrado encontrar.

¿Qué tenía Haedo para mí? ¿Qué era lo mágico de Haedo?

Entre mates y algunos ratos libres, Amanda me comentó que el niño de Mechi participaba en una muestra de guitarra, por lo que ella nos había invitado por si queríamos ir. 

Así que allí fuimos a aplaudir al muchachito. Y a bancarnos a todos los otros que no tenían ni idea de música. Bueno, habló la cocinera, viste.

Después de la muestra, fuimos a comer a lo de Mechi con toda su familia y con Amanda. Nosotras no teníamos ni la más puta idea de lo que estábamos haciendo ahí, pero disfrutamos el rato compartido.

Bueno, sin novedades en el frente con Marianito, deseando fuertemente unos cuantos días de descanso para poder irme a Santa y abrazarla a mi hermana. La necesito so much.

Pero toda cosecha, tiene su plantación. Y toda plantación, tiene sus sacrificios, no? Acá estamos fritos con los frutos.

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